Oralidad, escritura e Internet. Los avatares de la sabiduría a través de la historia. (Apuntes a partir de Superficiales de Nicholas Carr)

10.03.2013 17:03

Según W. Ong, durante la prehistoria el pensamiento se rigió por la capacidad de la memoria y fue esta circunstancia la que determinó la evolución del lenguaje, que se desarrolló precisamente para conservar y trasmitir información compleja en la memoria individual. Dicha trasmisión contará ya desde el paleolítico superior con el apoyo del arte gráfico y al menos desde el Neolítico con el de una dicción rítmica y formular grata al oído que favorecía la memorización. Los poetas eran los encargados de crear y divulgar mediante el canto o el canturreo documentos orales en verso tales como mitos y refranes, leyes y decretos, transacciones y registros. Con las primeras civilizaciones la cultura siguió siendo esencialmente oral, pues la escritura ideográfica fue utilizada fundamentalmente en archivos administrativos. Sin duda la más remota antigüedad fue época muy poética y nuestros antepasados mucho más sensibles que nosotros mismos. “Las culturas orales -escribe Ong- podían componer obras verbales de gran poder y belleza, con un valor artístico y humano que ya ni si quiera son posibles ahora que la escritura ha tomado posesión de la psique.” La Ilíada y la Odisea, son dos ejemplos abrumadores que conservamos por puro milagro.

Durante la época arcaica griega (s.VIII-VI), la escritura alfabética se adaptó a la composición literaria pero la poesía siguió siendo fundamentalmente oral: los poemas se ejecutaban oralmente, bien cantados, bien recitados, y se trasmitían de memoria. La métrica y las convenciones literarias suponían al pensamiento a la vez una ayuda y una limitación. Según Ong fue necesaria la escritura para “elevar la conciencia” y desarrollar el pensamiento racional. La revolución intelectual ilustrada de la época clásica tiene mucho que ver con la sustitución de la poesía por la prosa, y con la sustitución de la trasmisión oral por el libro. En su fase inicial esta revolución solo alcanzaba a las élites, pues el el papiro era caro, y el pueblo seguiría instalado en la cultura oral.

Tenemos abundante documentación de época clásica que refleja las tensiones entre el sabio tradicional, cuya sabiduría procedía de la propia experiencia aquilatada a lo largo de la vida, y el nuevo intelectual cuyos conocimientos procedían de la lectura. En un famoso pasaje del Fedro de Platón, Sócrates relata el diálogo entre el dios Tot, inventor de la escritura, y el faraón Thamos. Tot sostiene que la escritura es la medicina contra el olvido y Thamos advierte que al contrario, que la escritura instalará el olvido en el alma haciendo del conocimiento algo externo al hombre y sustituyendo la verdadera sabiduría por la sabiduría aparente. Es evidente que Thamos representa a Sócrates, quien prefería la sabiduría profunda, que se graba en el alma por medio del diálogo entre el maestro y el discípulo, propia de la educación aristocrática tradicional. Traducido al lenguaje moderno, Sócrates objeta a la escritura  que ésta favorece que el conocimiento abandone la memoria a largo plazo para instalarse en la memoria de trabajo temporalmente, sólo durante un breve tiempo posterior a la lectura.

Sin embargo, Platón, aunque comparte la visión de su maestro y sigue aleccionando a sus discípulos personalmente, es consciente de que  la prosa permite una complejidad de pensamiento superior a la de la poesía, en cuya memorización consistía la educación tradicional y a la que expulsa de su República, y permite además divulgar su pensamiento. Por consiguiente, opta por una solución de compromiso: escribir para el público en general diálogos entre el sabio verdadero, que es Sócrates, y su discípulo o un sofista, esto es, un sabio aparente.

Tal como predijo Sócrates, la escritura volvió a los letrados menos dependientes de su memoria individual y de la trasmisión oral pero los lectores no se volvieron más superficiales sino todo lo contrario. La proliferación de libros, en especial con la invención de la imprenta, supuso que los lectores, en número siempre creciente, manejasen una cantidad también creciente de información y que lo hiciesen de modo cada vez más individual: las distintas lecturas de cada uno conformaban personalidades distintas, algunas veces geniales. Dos de ellos nos trasmiten su secreto: Séneca, que advierte a Lucilio de la importancia de seleccionar bien las lecturas, le exhorta a ser como las abejas que guardan por separado el nectar de cada flor para luego mezclarlo sabiamente al producir la miel. Erasmo, por su parte, recomendaba a los estudiantes hacer anotaciones en los márgenes de los libros y volcar en libros de lugares comunes todo lo que mereciese la pena recordar a fin de digerir y sintetizar la información leída u oída en las clases; el blog no deja de ser un trasunto moderno de aquellos libros de lugares comunes. Para ambos autores la memoria es tanto un contenedor como el crisol donde se aquilata el yo único.

Con la imprenta los libros se democratizaron y las bibliotecas se ampliaron hasta un punto en que se hizo necesaria la aparición del bibliotecario, alguien que organizase esa información y permitiese su consulta. La digitalización de la información en un único archivo que es Internet y la aparición del motor de búsqueda completa el proceso de externalización de la sabiduría. ¿Coexistirá la cultura digital con el pensamiento profundo propio del libro o nos volveremos consumidores superficiales de información como pronostica Nicholas Carr? Martin Heidegger advertía en un artículo titulado La pregunta por la técnica de 1954 que la marea de la revolución tecnológica podría llegar a seducir hasta el punto de convertir el pensamiento calculador en un pensamiento único, mientras que el pensamiento meditativo, para Heidegger la máxima expresión de la humanidad, podría desaparecer y con él los refinados pensamientos y emociones que de él surgen.

 

Carr, Nicholas, Superficiales. Taurus, 2010

Havelock, Eric, Prefacio a Platón. Visor, 1994

Ong, Walter J., Oralidad y escritura. F.C.E., 1997

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